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| Algún postguardia |
Ni siquiera estoy muy segura de que es lo que quiero decir.
Ayer te fuiste. Otra vez. Por vez número mil. Te fuiste con otro nombre. Otra carita y por lo mismo, o no.
Me anoticiaste bruscamente de lo cambiante que es el mundo todos los días.
La eterna demostración de que nada es seguro. Y de que la vida se reconfigura a cada momento.
Y no me refiero a decir, livianamente, "hoy estamos, mañana no" para entrar en un torbellino de acciones impulsivas de origen meramente frontal.
Me refiero a la necesidad de reformular ciertas conductas, arrinconar ciertos monstruos y cruzar determinados límites autoimpuestos para ser, al menos, un poquitos mas libres. Y dejar de cometer- o reducir al mínimo la prevalencia de- nuevas metidas de pata producto de las mismas fabulaciones psíquicas de siempre, que nos devuelven a nosotros mismos más parecidos a monstruos de 5 cabezas que no merecen ser felices que, a seres humanos con capacidad de goce y disfrute.
No creo poder acostumbrarme al eco del los llantos desconsolados del pasillo. Siempre me va a doler esa acústica peculiar que te taladra el pecho. No se si alguna vez voy a aprender que decir o cuanto silencio guardar.
Es probable que no me acostumbre nunca a las despedidas en las que se va uno solo y el otro se queda ahí. Mirando. Pensando en que mas se podría haber hecho, que se podría haber cambiado.
Es también probable que de acá en adelante, como pasó con Rulitos, el mundo sea un lugar un poco mas hostil. Un escenario al cual mirar con recelo mientras deambulamos con un destino ficticiamente claro hacia algo que creemos que es el objetivo final. Cuando en realidad lo único que vale. Lo único que va a terminar contando va a ser lo que aprendamos en el camino.
Desconozco donde estás ahora. Quizás estás con Rulitos jugando en algún otro lado. O quizás sos, ahora, parte de una metáfora spinetteana sobre polvo de estrellas.
Se, casi con una desesperada certeza, que una parte de vos se quedó impregnada en esas paredes y en el pecho de los que te querían. Y si esas paredes hablaran se que contarían tristes el llanto de tus papás cuando te fuiste, igual que otros. Pero se también, que algunos ladrillos mas optimistas que yo, también contarían
Me hubiera gustado que vos te fueras a casa las dos veces que te fuiste ayer con distinta carita pero con las mismas ganas de seguir jugando.

