jueves, 17 de noviembre de 2011
Perhaps, perhaps, perhaps...
Ponele que vos te lo esperabas y que la única desorientada era yo. Supongamos.
Ahora, explicame esto, ¿Era necesario que, después de partirme la boca y ser el pibe más dulce y tierno del mundo, te borraras así?
Siendo los amigos que pensé que eramos...¿Era realmente necesario que esa fuera tu performance? ¿Te chupó mucho un huevo todo no te parece?
Hasta un pibe desconocido hubiera tenido más tacto o, al menos del más desconocido no hubiera esperado nada. Pero ¿vos? Ese flaco resuelto, divino, ideal, grande, de brazos que cuando te abrazan te hacen sentir tan bien ¿justo vos?
Quizás no tenías otra manera. Quizás fui eso para vos. Quizás sos un flor de pelotudo además de ser resuelto, divino e ideal. Quizás.
Quizás los pibes con los que estuve (aunque hayan sido pocos y aunque no haya sido por mucho tiempo) eran los raros.
martes, 15 de noviembre de 2011
Pancracio
Primero elijamos un protagonista: Él.
A él le elegimos un nombre: Pancracio. Si, ese nos parece un buen nombre, uno que engloba todas sus cualidades.
Una vez que tenemos a Pancracio, prescindimos del apellido para no tener problemas legales, pensamos en algo que le pueda pasar.
Desestimamos que Pancracio se enamore, que gane la copa del mundo o que se case y tenga una familia feliz. No nos importa que se mude o que la chica que le gusta lo mire enamorada. No, decidimos que es algo más simple aún, por ejemplo que Pancracio se encuentra una moneda en la calle.
Definido lo anterior debemos redactar, las situaciones más divertidas que puedan ocurrirle.
Nuestra historia quedaría así:
Buenas tardes, mi nombre es Pancracio. Soy, como verán, un hombrecito pequeño, medio redondeado medio elíptico, tengo piernas cortas pero flexibles y brazos largos y fuertes (casi tan fuertes como el hilo de la tela de araña e igual de finos)
Ustedes dirán que soy horrible. Pero no, están equivocados. Tengo tres pelos en la cabeza de huevo: uno azul, otro rojo y un tercero que vira del naranja al verde según como le pega la luz. Además tengo dos-ojos-grandes que son del color que ustedes quieran.
A pesar de lo mucho que podría hacerlo no estamos acá para hablar de mis cualidades capilares. Estamos aquí reunidos para que les cuente una anécdota. Si, solo para eso.
Jueves ocho de la mañana me dirijo a comprar el diario, pongo un pie en la calle y la veo, ahí. En la vereda, plateada y sola, manchada de azul. Un número reluce en su superficie, la veo, la ignoro.
Al día de hoy me preguntó porque la ignoré. Si estaba ahí, estaba ahí para que la tomara y me fuera con ella.
No lo hice, no sentí remordimiento esa vez, ni lo siento hoy, quizás no era el momento.
Los días en la vida pasan, cada día pasa como pasa el anterior. No por eso son iguales pero lo cierto es que el tiempo pasa, no se detiene ni siquiera a atarse los cordones de los mocasines, él sale corriendo y no se detiene, corre desde tiempos inmemoriales y lo seguirá haciendo hasta el fin de si mismo.
Mi días pasaron, compre el diario 30 veces, hice el crucigrama de los domingos 5 veces, desayuné 30 veces, fui a trabajar 21 veces, tuve situaciones extraordinarias cada uno de esos días y aun así cada uno de esos días no paso a la historia.
Y un día, un día cualquiera, un día de esos que no prometen nada, puse mis pies en un colectivo línea X y la ví, reluciente en el piso, cerca de la puerta. Reconocí su mancha azul, compartimos el viaje y le dije que viniera conmigo.
Me encariñé, hay gente que se encariña con cosas, fotos, libros muñecos, gente (que no son cosas) yo me encariñé con esa moneda.
Y así pasaron más días, otros tantos crucigramas y sopas de letras domingueros, kilómetros y kilómetros de caminata, hasta que un día pasó lo que tanto me temía.
Salí muy tranquilo con rumbo enciento. Como cualquier otro. Un día común y corriente. Llegué a mi trabajo, pase el día haciendo mi trabajo, me fui a casa. Una sensación de vacío me venía acompañando. Puse la mano en el bolsillo por quincuagésima vez y por quincuagésima vez sentí su ausencia. Volví a sentir el fondo del bolsillo.
De nuevo el género me rozaba el dorso de la mano y mis dedos desesperados la buscaban, mis dedos inquietos, mi ansiedad al máximo. De nuevo la desazón, el borde del agujero, el bolsillo rasgado. De nuevo el saberte en el piso de algún lugar extraño.
jueves, 27 de octubre de 2011
Floreceran mil flores
Si este tipo nos devolvió la sonrisa, no tenemos derecho a perderla. Tenemos que seguir peleando, luchando, porque tenemos que poder decirles a nuestros hijos que nunca nos dimos por vencidos. Y que aunque a veces fue difícil, NUNCA perdimos las sonrisas.
Gracias Nestor. Fuerza Cristina.
Lo escribi acá hace un año.
365 días después tengo un nudo en el pecho.
El domingo el 53.9% del pueblo argentino dijo, grito, exigió CFK2011.
Ayer le dieron perpetua al genocida Astiz, a los genocidas que se llevaron a Walsh, a las monjas francesas, a Azucena villaflor. Ayer se hizo justicia. Y mucho tenés que ver vos con eso.
Hoy, a un año, tengo la firme convicción de que, aunque falte mucho, un mundo mejor es posible.
La utopía es menos lejana, y aunque los hijos de puta de siempre festejen, nosotros tenemos la sonrisa intacta, el alma entera, la frente en alto y vamos a paso firme, para adelante.
Gracias.
Bajando un cuadro, formaste miles #NéstorViveQue estés bien donde quiera que estés. Que estés bien ♫♪
viernes, 21 de octubre de 2011
Miedoso
Valentín es miedoso.
No tiene porque. Es capaz de lo que se proponga, aunque él no lo sepa, o no lo crea, o no le interese averiguarlo.
A Valentín le tiemblan las piernas en los momentos culminantes, pero se repone. Tiene la habilidad desobreponerse, de inhibir sus nervios, de guardarse el miedo en el momento crucial.
Valentín me dice que tiene miedo, que no soportaría un fracaso, que el no puede, que él no llega, que él no quiere.
Yo lo escucho a Valentín, le tengo paciencia, la paciencia que presupongo que los demás ya no lo tienen, eso logra Valentín, que haga de tripa corazón y lo escuche con su angustia, aunque a mí se me haga un nudo en la boca del estómago y la ilusión aparezca.
Él tiene miedo de fracasar, tiene miedo de no lograr su cometido. No se aviva el perejil que un tropezón, no es caída.
Todo eso le pasa a Valentín y muchas otras cosas más.
Con Valentín no tengo chance, será por miedo, será por asincronía o simplemente porque no. Lo único que quería era la mirada de Valentín diciéndome que aunque el mundo se acabe, nosotros, vamos a seguir ahí.
miércoles, 19 de octubre de 2011
Vida real
Hace una hora que no puedo parar de llorar desconsoladamente.
Creo que oficialmente estoy en crisis.
sábado, 10 de septiembre de 2011
Innegable
sábado, 3 de septiembre de 2011
Valentín
No se si hay muchas cosas que decir de Valentín.
Supongo que quien lo conozca bien, podrá hablar largo y tendido.
No es mi caso.
A Valentín yo lo conocí por azar, por el azar que implica cada día de la vida o bien por mínimo azar que implica tomar decisiones.
Yo no sabía a quien iba a encontrar y lo encontré a él. Lo encontré mientras andaba despistada en un terreno que me resultaba, además de nuevo, áspero. Lo vi a lo lejos la primera vez. No tenía nada de especial, no destacaba.
No lo conocí por destacar a Valentín. Aunque el sea uno de los que siempre destaca.
Lo conocí porque la vida tiene vueltas, giros, espirales, laberintos incorporados, idas, vueltas y porque resultó que en una de esas maniobras se me cruzó. O yo lo crucé.
Se me cruzó como se te cruza un gato en la calle. Sorpresiva e irrelevantemente.
Pero la segunda vez que coincidimos no fue ya una más del montón.
Esta vez giramos, los dos al mismo tiempo, en la misma esquina.
Intercambiamos palabras, chistes, gestos y un día todo se me fue de las manos con Valentín y creí que al también.
El alegó que no. Aún hoy lo hace. Yo le digo que le creo. Que lo entiendo. Que todo está bien. Pero en el fondo de mi silencio todavía hoy creo que, de nuevo, ambos habíamos doblado en la misma esquina al mismo tiempo.