domingo, 14 de mayo de 2017

Debuts, despedidas y recaidas.

Arco iris en el 4ºB
La madre de Be me cuenta que le gusta patinar. Que no se queda quieta en casa. Que hace de todo. Que esta triste porque ahora no puede. No se puede golpear. "Los hematomas" me dice "No puede tener hematomas."
Be tiene una enfermedad de buen pronóstico. Se puede curar. Solamente tiene que pasar los primeros 30 días. Solamente 30 días. Lo decimos como si fuera la nada misma.
Ella sigue internada. Ahora que se siente un poco mejor y que se extinguieron algunos dolores, se animó a salir a pintar al pasillo. La vi sonreír por primera vez en días. Le saqué la lengua y se le achinaron un poco los ojos. Por su sonrisa. Por primera vez en días. Y No por dolor.

Voy apurada por el pasillo. Sorprendida de que todo lo que podía salir mal saliera mal y que lo que tenía que salir bien saliera mal también.
Camino sabiendo que voy a ciegas a una interconsulta. Voy porque me queda de paso. Para poder decir que traté.
Una madre se me cruza. Se ríe. Me pregunta como estoy. Le pido disculpas. La pregunto como está Eme. Me dice que bien.
Nos despedimos. Eme me llama la atención. En el pasillo. Atina a abrazarme. Me alegró de verla. Veo que el descanso le hizo bien. Estar sin nosotros un tiempo le hizo bien. Probablemente en unos días se interna de nuevo para seguir el tratamiento por vez número mil. Pero creo que de verdad le hizo bien.

Ese me mira. Siempre su primera mirada es de ceño fruncido. Ahora me dice "Hola" y "Buenas noches". Vive al borde de la fiebre.
Tiene curitas de Cars de a 5 en los brazos. Dice que todos son pinchazos. Yo no se si le creo pero le digo que si. Que él es re valiente que se aguanta estoico los pinchazos. La mamá de Ese tiene 22 y aguanta estoica los días de internación que imagino que duran una eternidad. Y que quizás sea la primera de muchas.
Ese habla todo el tiempo de comida. Le gusta la manteca y se duerme con la mamadera en la boca.

Ele se interno muchas veces ya. Hace poco le dieron la noticia de que la enfermedad volvió. Esta triste. No come. Duerme. No se resiste a nada.
Un médico le dice que entiende que está triste pero que tiene que pelear. Enojarse. Ponerle garra a lo que está pasando. Enfrentarlo.Sino va a ser muy largo. Más largo de lo que de por si ya es.
Me voy de la habitación. Se me están humedeciendo los ojos.
El sábado Ele tiene fiebre. Mucha. Se enoja. Llora cuando le digo que la tengo que pinchar.
Le digo que ella sabe que es por su bien. Que se que duele. Que se que es una mierda. Que mamá está con ella. Y toda una sarta de boludeces que ella no escucha. Y tiene razón en no escuchar supongo.
Ele la dice a la mamá que se quiere morir. Que no da más. La abraza tan fuerte que creo que perdí noción de donde empezaba Ele y donde empezaba la mamá.
La madre de Ele la consuela. Pasan los pinchazos. Al rato me asomo. Ele esta acurrucada con la madre. La veo reírse.

Ele termina visitándome en sueños. Sueño con ella. Con su llanto. Ele se me muere en el sueño. Y la pesadilla se repite una y otra vez durante el poco tiempo que duermo.

Estás a minutos de irte y Ale entra. Te Dice que Ele está fea. En un Minuto estás en la habitación. La revisan. Llegan los de la guardia. Los dejas con ella y salís al pasillo. Te quebrás. Siempre que pasan estas cosas tendés a que la angustia te desborde
Ahora en frío pensar que quizás son los últimos destellos de empatía y humanidad que te pueden brotar entre tanta cosa que vez todos los días.
Ele no aguanta.
Baja.

Empieza esa temporada en la que la.vida depende de goteos. Muchos goteos. Mil goteos.
Goteo para estar dormido. Goteo para mantener la presión. Para no luchar contra el respirador. Antibióticos, balances, alarmas.
Todo el tiempo suenan alarmas. A más no poder. Sería imposible dormirse en esa habitación sin los goteos.

No me animé a bajar a ver a Ele. Ni a preguntar como estaba.
No me alcanza el cuerpo para tratar de entender porque de repente todo duele tanto.
Es imposible dejar de reeditar el dolor. Buscar donde, cuando o porque podríamos haber hecho la diferencia.

Hace días que no paro de llorar. Hace días que un montón de gente linda no hace más que abrazarme y decirme que va a estar todo bien. Que me dicen que esto iba a pasar hagamos lo que hagamos. Me abrazan y me dejan llorar los mares que necesito. Me dicen que me descargue. Que es entendible.

Mientras tanto me entero que se interna Eme estos días. Que Ce está linda aunque no sube de peso y que su hermano es un enano quilombero. Cuando estaba internada me mostraba fotos de su otro hermano que acababa de hacer. Nació poco después de que diagnosticaron a Ce. Y ella te muestra las fotos abriendo grande los ojos lindos que tiene y con las comisuras de la boca que un poco más y le llegan a las orejas. Ella se ríe así. Amplio. Mucho.

Te me mira desde el aislamiento. Me dice que comió ravioles con pollo.
El interno le pregunta que pasó el 25 de mayo, que es el día que termina el bloque.
A el no le importa la Revolución de mayo. A él le importa la comida de la abuela porque él siempre está en lo importante.

La semana sigue. Termina. La rotación termina. Ele se te aparece cada tanto. Sabes que sigue estable abajo.

Mientras el mundo marcha al ritmo acelerado de siempre.
Mientras yo me embarco en el rumbo acelerado de siempre casi como una excusa para pensar un poco menos.

Y sin embargo pese a los mil colores, dolores y cansancios te quedarías con ellos muchísimo rato más.

jueves, 9 de marzo de 2017

A VI

Al final había pasado que, pese a todo lo que había prometido, terminé sentada en el sillón tomando vino y escuchando ese disco. El mismo que había prometido no escuchar porque inevitablemente me hacía pensar en vos.

Mientras escuchaba la canción se me apareció tu imagen. Hace mucho que andaba con unas ganas sutilmente insistentes de escribirte. De alguna forma te extrañaba. Me hacía falta que con tu sola presencia me sacaras de la zona de confort, esa que se destruye cuando te veo. Extrañaba la sensación que me invade cada vez.

Me venía haciendo falta escribirte.


Cuando me senté a escuchar el disco y ahora mismo que estoy en la computadora o mientras escribo en el colectivo, empiezo  sentir que necesito un poco despedirme. No para siempre. Claro está. Por un tiempo. No del todo tampoco. Solamente  un poco.
Empiezo a no poder soportar darle vueltas al asunto. Me suelo preguntar insistentemente cuales son las probabilidades, posibilidades, chances o como quieras llamarlo.
Mientras tanto la vida se me pasa viéndote caminar por el pasillo.

Vos ni te percatas obviamente. O eso creo. Prefiero creer.

No considero que sea mejor así. Ni tampoco que sea la opción obvia. Por supuesto que no creo que vayas a darte vuelta en pleno pasillo, mirarme fijo y hacerme un gesto para hablar a solas.

Se que no va a pasar, esas cosas no me pasan.

Pienso que si pasará algo intermedio sería muy feliz. Que simplemente me dieras a entender que notaste que no estoy hace tiempo o que no me ves bien o que me ves muy bien. Lo que sea.

No me hace feliz mendigarte esa reacción y si pudiera lo evitaría. Pero ahora no puedo. No puedo evitar mirarte. No puedo hacer las cosas sin pensar en tu reacción.

Hago todo queriendo que me digas algo.

Y así todo el tiempo.
Incluso este texto que empezó como una despedida y termina queriendo que lo leas y digas algo.

viernes, 6 de enero de 2017

Goma

Alto. Muy alto. Tanto que parecería un desperdicio de materia.

Millones de partículas de los tiempos del "big bang" conglomeradas en vos.

Vos. Que tan confiado te sentís. Tan porfiado de que estamos todas a tus pies.
Todas. Que corremos de un lado a otro de la vida buscando.

Admito que me he encontrado mirándote distraida. Como si mi subconciente tomara el control y decidiera mirarte. Ahí, desparramando tus 2 metros de materia en la silla, mirando sobrador, por momentos pedante, despreocupado. Más interesado en vos mismo que en lo que alguien pueda decir a tu alrededor.

Me encontré entonces mirándote. Fijo. En realidad, no te miraba a vos. Estaba pensando que no te estabas dando cuenta de lo fijo que te miraba.

Pensaba. Hasta que me hablaste. Dijiste algo. No puedo especificar que fue, pero me acuerdo que fue pedante, sobrador o simplemente desubicado.
Ahi me acordé porque no te había mirado hasta entonces y porque probablemente no te miraría en lo sucesivo.


jueves, 22 de diciembre de 2016

A V

-No puedo escribir nada. Estoy bloqueada. Todo lo que escribo me parece una estupidez.
- No se trata de escribir un libro para publicar. Se trata de que hagas catarsis. Nadie más que vos va a leerlo.
-Cada vez que lo releo me siento más estúpida por sentir lo que siento
- Tenemos que trabajar con tu auto exigencia pero primero lo primero. Y lo primero es que te amigues con lo que ahora estas sintiendo.
- De todos modos creo que es al pedo. Esto no va a terminar bien.
-¿Por que decís eso?
- Lo único que puedo escribir una carta documento.
- Bueno. Dale. Escribila.

Buenos Aires, 22 de diciembre de 2016

Por el presente documento epistolar se deja constancia de habérsele informado a su persona sobre los hechos acaecidos en el último tiempo sobre la persona que subscribe y del cual se la identifica como presunta ejecutora.

Se quiere informar el malestar provocado por vuestra presencia en el entorno cotidiano de quien escribe. Se ha de presumir que dicho malestar no ha sido generado de forma premeditada sin embargo se le solicita que cese en sus intentos de incomodar a quien suscribe o la justicia tomara cartas en el asunto.
Con la mayor consideración, queda usted debidamente informado

martes, 20 de diciembre de 2016

Despedida postguardia

Algún postguardia
Es la cuarta vez que empiezo a escribir esto. No se si es el cansancio o no, pero me cuesta.
Ni siquiera estoy muy segura de que es lo que quiero decir.

Ayer te fuiste. Otra vez. Por vez número mil. Te fuiste con otro nombre. Otra carita y por lo mismo, o no.
Me anoticiaste bruscamente de lo cambiante que es el mundo todos los días.
La eterna demostración de que nada es seguro. Y de que la vida se reconfigura a cada momento.
Y no me refiero a decir, livianamente, "hoy estamos, mañana no" para entrar en un torbellino de acciones impulsivas de origen meramente frontal.
Me refiero a la necesidad de reformular ciertas conductas, arrinconar ciertos monstruos y cruzar determinados límites autoimpuestos para ser, al menos, un poquitos mas libres. Y dejar de cometer- o reducir al mínimo la prevalencia de- nuevas metidas de pata producto de las mismas fabulaciones psíquicas de siempre, que nos devuelven a nosotros mismos más parecidos a monstruos de 5 cabezas que no merecen ser felices que, a seres humanos con capacidad de goce y disfrute.

No creo poder acostumbrarme al eco del los llantos desconsolados del pasillo. Siempre me va a doler esa acústica peculiar que te taladra el pecho. No se si alguna vez voy a aprender que decir o cuanto silencio guardar.
Es probable que no me acostumbre nunca a las despedidas en las que se va uno solo y el otro se queda ahí. Mirando. Pensando en que mas se podría haber hecho, que se podría haber cambiado.

Es también probable que de acá en adelante, como pasó con Rulitos, el mundo sea un lugar un poco mas hostil. Un escenario al cual mirar con recelo mientras deambulamos con un destino ficticiamente claro hacia algo que creemos que es el objetivo final. Cuando en realidad lo único que vale. Lo único que va a terminar contando va a ser lo que aprendamos en el camino.

Desconozco donde estás ahora. Quizás estás con Rulitos jugando en algún otro lado. O quizás sos, ahora, parte de una metáfora spinetteana sobre polvo de estrellas.

Se, casi con una desesperada certeza, que una parte de vos se quedó impregnada en esas paredes y en el pecho de los que te querían. Y si esas paredes hablaran se que contarían tristes el llanto de tus papás cuando te fuiste, igual que otros. Pero se también, que algunos ladrillos mas optimistas que yo, también contarían


la alegría de otros que se fueron a casa.

Me hubiera gustado que vos te fueras a casa las dos veces que te fuiste ayer con distinta carita pero con las mismas ganas de seguir jugando.

viernes, 16 de diciembre de 2016

A IV

Entre al despacho y vi la carpeta. La misma con la que te veo ir y venir todos los días. Se me ocurrió abrirla.

Metí la mano en el bolsillo, agarré la nota que te había escrito durante la sesión. Mi terapeuta piensa que me haría bien escribir lo que siento. "Como cuando me decís que para estudiar necesitas escribir" me dijo mientras me daba papel y lápiz.
Me dijo que ella no lo iba a leer a menos que yo creyera que eso ayudaría.

Esbocé media sonrisa cuando la imaginé dándome consejos literarios.

Y ahora, tenía la nota. Estaba escrita en una hoja recortada. Alguien recicló una hoja impresa solo en una cara para hacer recetas "Con lo que pago de cobertura podrían imprimir recetarios como la gente" pensé. Me quedé mirando los bordes del papel recortado sorprendida de lo prolijamente cortado.
Releí la nota. Escrita con azul y con una letra extrañamente simétrica. Era mi letra no quedaba duda pero no recordaba haberle puesto esmero. Se ve que en algún momento mi subconsciente considero la posibilidad de que vos la leas.


Un ruido en el pasillo. Un golpe seco. Un quejido me sacaron bruscamente de mis pensamientos. Salí al pasillo. Todo estaba bajo control.


Cerré la puerta del despacho. Me puse las llaves en el bolsillo. Me cruce a uno de tus compañeros y aproveché para devolvérselas.

Pensé que antes de dejarte la nota quería estar segura de lo que decía.
Si ibas a dejar de hablarme quería que por lo menos fuera por una buena causa.

Llegué a casa prendí la televisión y me olvidé del asunto. Me pareció lo mejor.
Cuentan algunas historias que las notas que no se dan a tiempo van y se dicen solas. Y que por las noches, antes de que empiece a desesperar la soledad, las notas se entregan por si mismas.

Cuando los padres dicen "buscalo bien porque no pueden haberle salido patitas" en una verdad a medias.
Dicen que las notas de confesión son notas tan ansiosas que no pueden esperar a ser entregadas y se revelan a las leyes de lo estático confesando sus secretos en nombre de quien las escribió.
Una parte de mi prefiere creer eso, porque creer que fui tan tonta de dejar la nota adentro de esa carpeta, con la que vas y venís todos los días, me genera niveles de angustia tan elevados que no puedo sobrellevarlos.

Aclaración del autor: Y a pesar de que esa traición de mi subconsciente de cerrar la puerta del despacho al salir a ver que habia pasado en el pasillo, me retumba a cada minuto y me angustia de sobremanera no puedo evitar hacer una media sonrisa ( la otra media que me faltaba en este relato) al imaginar tu cara cuando leyeras la nota.

miércoles, 5 de octubre de 2016

A III

Estabas revolviendo estanterías. Buscando algo con él. Quien sabe que.
-Uuuuh no hay más - exclamó con algo de resignación. Con un tono que me hizo pensar que era capaz de pedirme que bajara hasta PB a conseguirle más.
Yo. Si, yo, que caía ahí por algo absolutamente ajeno a la búsqueda que ustedes habían emprendido en el universo de la estantería.

Ambos de espalda. Yo atiné a mirarlo y hacer una mueca irónica. Sin que me vieran, obvio.
No puedo evitarlo, mi relación con él es, fue y sospecho q será, como mínimo, conflictiva.
Cada vez que entablo una conversación es igual de incómodo.
A veces me detengo a observarlo, tratando de descifrar algo de su lenguaje corporal o al menos de entender porque me resultaba tan chocante compartir el mismo metro cuadrado.

No lo odio, nada más lejano. Lo admiro, lo considero capaz, casi un modelo. Pero, aunque quisiera poder decírselo, siempre me encuentro en la misma situación: él poniendo distancia, manteniéndose frió y yo, sintiendo que esa distancia se vuelve insalvable.
Como si hubiera algo más.

El otro día di rienda suelta al libertinaje de quien ya no entiende de reglas de convivencia y le dije que por favor no me hablara. No podía tolerar la idea de seguir escuchando su voz. 
Claramente dejó de hablar. 
A medio descolocar hizo una mueca. 
Simuló reírse y se retiró.
Le agradecí que no volviera. Seguramente no se va  olvidar de eso. 
Yo tampoco.

La cuestión es que me metí entre ustedes porque necesitaba algo de la estantería.
Ustedes abandonaron la epopeya de encontrar algo en tamaño mar de muestras medicas. Vos te quedaste mirando el celular. Me saludaste.
- ¿Cómo estas? ¿Más aliviada?

Te miré.
Me acerqué y te abracé fuerte. Me envolviste, firme. Fuerte.
Me dijiste algo al oído. Me reí. Te mordí la mejilla. Jugando.
Empezamos a perder un poco el control. Sentí que te aferrabas a mi . Sentí unas ganas incontrolables de que nos encerráramos en otro lado.

Un rato, no más. 
Que fuera como mínimo eterno.