viernes, 6 de enero de 2017

Goma

Alto. Muy alto. Tanto que parecería un desperdicio de materia.

Millones de partículas de los tiempos del "big bang" conglomeradas en vos.

Vos. Que tan confiado te sentís. Tan porfiado de que estamos todas a tus pies.
Todas. Que corremos de un lado a otro de la vida buscando.

Admito que me he encontrado mirándote distraida. Como si mi subconciente tomara el control y decidiera mirarte. Ahí, desparramando tus 2 metros de materia en la silla, mirando sobrador, por momentos pedante, despreocupado. Más interesado en vos mismo que en lo que alguien pueda decir a tu alrededor.

Me encontré entonces mirándote. Fijo. En realidad, no te miraba a vos. Estaba pensando que no te estabas dando cuenta de lo fijo que te miraba.

Pensaba. Hasta que me hablaste. Dijiste algo. No puedo especificar que fue, pero me acuerdo que fue pedante, sobrador o simplemente desubicado.
Ahi me acordé porque no te había mirado hasta entonces y porque probablemente no te miraría en lo sucesivo.


jueves, 22 de diciembre de 2016

A V

-No puedo escribir nada. Estoy bloqueada. Todo lo que escribo me parece una estupidez.
- No se trata de escribir un libro para publicar. Se trata de que hagas catarsis. Nadie más que vos va a leerlo.
-Cada vez que lo releo me siento más estúpida por sentir lo que siento
- Tenemos que trabajar con tu auto exigencia pero primero lo primero. Y lo primero es que te amigues con lo que ahora estas sintiendo.
- De todos modos creo que es al pedo. Esto no va a terminar bien.
-¿Por que decís eso?
- Lo único que puedo escribir una carta documento.
- Bueno. Dale. Escribila.

Buenos Aires, 22 de diciembre de 2016

Por el presente documento epistolar se deja constancia de habérsele informado a su persona sobre los hechos acaecidos en el último tiempo sobre la persona que subscribe y del cual se la identifica como presunta ejecutora.

Se quiere informar el malestar provocado por vuestra presencia en el entorno cotidiano de quien escribe. Se ha de presumir que dicho malestar no ha sido generado de forma premeditada sin embargo se le solicita que cese en sus intentos de incomodar a quien suscribe o la justicia tomara cartas en el asunto.
Con la mayor consideración, queda usted debidamente informado

martes, 20 de diciembre de 2016

Despedida postguardia

Algún postguardia
Es la cuarta vez que empiezo a escribir esto. No se si es el cansancio o no, pero me cuesta.
Ni siquiera estoy muy segura de que es lo que quiero decir.

Ayer te fuiste. Otra vez. Por vez número mil. Te fuiste con otro nombre. Otra carita y por lo mismo, o no.
Me anoticiaste bruscamente de lo cambiante que es el mundo todos los días.
La eterna demostración de que nada es seguro. Y de que la vida se reconfigura a cada momento.
Y no me refiero a decir, livianamente, "hoy estamos, mañana no" para entrar en un torbellino de acciones impulsivas de origen meramente frontal.
Me refiero a la necesidad de reformular ciertas conductas, arrinconar ciertos monstruos y cruzar determinados límites autoimpuestos para ser, al menos, un poquitos mas libres. Y dejar de cometer- o reducir al mínimo la prevalencia de- nuevas metidas de pata producto de las mismas fabulaciones psíquicas de siempre, que nos devuelven a nosotros mismos más parecidos a monstruos de 5 cabezas que no merecen ser felices que, a seres humanos con capacidad de goce y disfrute.

No creo poder acostumbrarme al eco del los llantos desconsolados del pasillo. Siempre me va a doler esa acústica peculiar que te taladra el pecho. No se si alguna vez voy a aprender que decir o cuanto silencio guardar.
Es probable que no me acostumbre nunca a las despedidas en las que se va uno solo y el otro se queda ahí. Mirando. Pensando en que mas se podría haber hecho, que se podría haber cambiado.

Es también probable que de acá en adelante, como pasó con Rulitos, el mundo sea un lugar un poco mas hostil. Un escenario al cual mirar con recelo mientras deambulamos con un destino ficticiamente claro hacia algo que creemos que es el objetivo final. Cuando en realidad lo único que vale. Lo único que va a terminar contando va a ser lo que aprendamos en el camino.

Desconozco donde estás ahora. Quizás estás con Rulitos jugando en algún otro lado. O quizás sos, ahora, parte de una metáfora spinetteana sobre polvo de estrellas.

Se, casi con una desesperada certeza, que una parte de vos se quedó impregnada en esas paredes y en el pecho de los que te querían. Y si esas paredes hablaran se que contarían tristes el llanto de tus papás cuando te fuiste, igual que otros. Pero se también, que algunos ladrillos mas optimistas que yo, también contarían


la alegría de otros que se fueron a casa.

Me hubiera gustado que vos te fueras a casa las dos veces que te fuiste ayer con distinta carita pero con las mismas ganas de seguir jugando.

viernes, 16 de diciembre de 2016

A IV

Entre al despacho y vi la carpeta. La misma con la que te veo ir y venir todos los días. Se me ocurrió abrirla.

Metí la mano en el bolsillo, agarré la nota que te había escrito durante la sesión. Mi terapeuta piensa que me haría bien escribir lo que siento. "Como cuando me decís que para estudiar necesitas escribir" me dijo mientras me daba papel y lápiz.
Me dijo que ella no lo iba a leer a menos que yo creyera que eso ayudaría.

Esbocé media sonrisa cuando la imaginé dándome consejos literarios.

Y ahora, tenía la nota. Estaba escrita en una hoja recortada. Alguien recicló una hoja impresa solo en una cara para hacer recetas "Con lo que pago de cobertura podrían imprimir recetarios como la gente" pensé. Me quedé mirando los bordes del papel recortado sorprendida de lo prolijamente cortado.
Releí la nota. Escrita con azul y con una letra extrañamente simétrica. Era mi letra no quedaba duda pero no recordaba haberle puesto esmero. Se ve que en algún momento mi subconsciente considero la posibilidad de que vos la leas.


Un ruido en el pasillo. Un golpe seco. Un quejido me sacaron bruscamente de mis pensamientos. Salí al pasillo. Todo estaba bajo control.


Cerré la puerta del despacho. Me puse las llaves en el bolsillo. Me cruce a uno de tus compañeros y aproveché para devolvérselas.

Pensé que antes de dejarte la nota quería estar segura de lo que decía.
Si ibas a dejar de hablarme quería que por lo menos fuera por una buena causa.

Llegué a casa prendí la televisión y me olvidé del asunto. Me pareció lo mejor.
Cuentan algunas historias que las notas que no se dan a tiempo van y se dicen solas. Y que por las noches, antes de que empiece a desesperar la soledad, las notas se entregan por si mismas.

Cuando los padres dicen "buscalo bien porque no pueden haberle salido patitas" en una verdad a medias.
Dicen que las notas de confesión son notas tan ansiosas que no pueden esperar a ser entregadas y se revelan a las leyes de lo estático confesando sus secretos en nombre de quien las escribió.
Una parte de mi prefiere creer eso, porque creer que fui tan tonta de dejar la nota adentro de esa carpeta, con la que vas y venís todos los días, me genera niveles de angustia tan elevados que no puedo sobrellevarlos.

Aclaración del autor: Y a pesar de que esa traición de mi subconsciente de cerrar la puerta del despacho al salir a ver que habia pasado en el pasillo, me retumba a cada minuto y me angustia de sobremanera no puedo evitar hacer una media sonrisa ( la otra media que me faltaba en este relato) al imaginar tu cara cuando leyeras la nota.

miércoles, 5 de octubre de 2016

A III

Estabas revolviendo estanterías. Buscando algo con él. Quien sabe que.
-Uuuuh no hay más - exclamó con algo de resignación. Con un tono que me hizo pensar que era capaz de pedirme que bajara hasta PB a conseguirle más.
Yo. Si, yo, que caía ahí por algo absolutamente ajeno a la búsqueda que ustedes habían emprendido en el universo de la estantería.

Ambos de espalda. Yo atiné a mirarlo y hacer una mueca irónica. Sin que me vieran, obvio.
No puedo evitarlo, mi relación con él es, fue y sospecho q será, como mínimo, conflictiva.
Cada vez que entablo una conversación es igual de incómodo.
A veces me detengo a observarlo, tratando de descifrar algo de su lenguaje corporal o al menos de entender porque me resultaba tan chocante compartir el mismo metro cuadrado.

No lo odio, nada más lejano. Lo admiro, lo considero capaz, casi un modelo. Pero, aunque quisiera poder decírselo, siempre me encuentro en la misma situación: él poniendo distancia, manteniéndose frió y yo, sintiendo que esa distancia se vuelve insalvable.
Como si hubiera algo más.

El otro día di rienda suelta al libertinaje de quien ya no entiende de reglas de convivencia y le dije que por favor no me hablara. No podía tolerar la idea de seguir escuchando su voz. 
Claramente dejó de hablar. 
A medio descolocar hizo una mueca. 
Simuló reírse y se retiró.
Le agradecí que no volviera. Seguramente no se va  olvidar de eso. 
Yo tampoco.

La cuestión es que me metí entre ustedes porque necesitaba algo de la estantería.
Ustedes abandonaron la epopeya de encontrar algo en tamaño mar de muestras medicas. Vos te quedaste mirando el celular. Me saludaste.
- ¿Cómo estas? ¿Más aliviada?

Te miré.
Me acerqué y te abracé fuerte. Me envolviste, firme. Fuerte.
Me dijiste algo al oído. Me reí. Te mordí la mejilla. Jugando.
Empezamos a perder un poco el control. Sentí que te aferrabas a mi . Sentí unas ganas incontrolables de que nos encerráramos en otro lado.

Un rato, no más. 
Que fuera como mínimo eterno.

sábado, 6 de agosto de 2016

A II

No podría haber sido mejor. Inesperado.

Salgo de la habitación, te veo en el pasillo. Estás a apenas a 10 pasos. Me ves. Durante un segundo atino a saludarte.
Por un segundo me acerco.
Creo que di un paso o dos.
Veo que hay más gente al lado tuyo.
No los vi en un primer momento.
Arrugo. Vuelvo sobre mis pasos, miro para atrás. Vos seguís tu camino. Camino detrás de tustedes. Sin decir nada.

Al rato te veo
-Hace un rato me viste y te escondiste.
-No quería molestar.

Saludo al resto de la gente que estaba con vos. Te saludo, última. Te levantás. Me abrazás.
Tomo agua. Antes de irme te doy un beso en la mejilla.

-Chau-te digo-Te quiero.
Me estoy yendo. Saludo a gente que acaba de entrar. Te escucho decirme:
-Yo también te quiero.

Cuando salí al pasillo tenía una sonrisa que, nada de lo difícil que pasó después, logró borrarme.

Aunque, si pudiera elegir, hubiera elegido quedarme en ese abrazo por siempre.


lunes, 27 de junio de 2016

A.

No sabía que me podía pasar.

Alguna vez me asaltó el fantasma, pero creí que era eso, un fantasma. Un miedo normal asociado a múltiples inseguridades.

No puedo contarte que me pasa. No puedo ponerlo en palabras porque tengo la fantasía de que si no lo hablo no se va a convertir en realidad. Si no lo digo va a desaparecer solo. Me voy a curar.

Pero por más que quiera no lo puedo evitar. Me gana la ansiedad, me late rápido el corazón y me tiemblan las rodillas. Al fin y al cabo, se parece a las mil veces anteriores que me paso.

No puedo no mirarte, de lejos.  Sería tan obvia sino, todo el mundo se daría cuenta. Cuando te miro no puedo evitar seguir con los ojos el contorno que de perfil me muestra tu cara. Es como si mis ojos tuvieran un lápiz y voy dibujando el contorno de tu nariz, de tu boca. Tu mentón.

Las líneas de los costados de tus ojos. Los años (que no son muchos más que los míos pero tal vez si fueron más intensos) te dibujaron surcos en la piel. Son finos y te enmarcan los ojos, la boca y la nariz en perfecta simetría. Tenés eso, sos un conjunto de líneas que culminan en la simetría perfecta.

 Te reíste, a carcajadas. Abriste grande la boca. Te reíste desde adentro. Yo me río más por tu risa que por lo alguien había dicho. Hace rato dejé de prestar atención a la conversación.

Mientras tanto el pelo te cae en la cara, impune. A medio controlar.

Siempre me pasa lo mismo y me freno en tu hombro. Te miro hablar. Me fijo en el movimiento de tu mentón.

Me obligo a distraerme cuando por casualidad mirás. Sé que no me miras a mí. Lo tengo claro. Pero aún así me da mucha vergüenza que me descubras mirándote.
Que pensarías si te enteraras que te estoy mirando. Que contengo la respiración cuando por casualidad empezás a hablar y quizás vayas a reclamarme algo. Me gustaría que me reclames que no te miro, que no te hablo. Que no me siento al lado tuyo.

Cuando hablás, algo se me mueve adentro. Lo mismo que se me remueve cuando te veo y dirigís la palabra hacia mí. Cuando encabezas la frase con mi nombre.
Me agarra una presión en el pecho que me asusta no poder controlar.

Me gustás. Me gustás mucho. Me generás unas ganas intensas de encerrarme con vos y no salir nunca más.

Quedarme enredada en vos. Estirar cada minuto para que dure una eternidad. O simplemente perder la noción del tiempo mientras se me corta la respiración. Sentir que la piel no tiene paz. Ni la tuya ni la mía. Que tu corazón me late en el pecho de tan cerca que estamos. Que mis latidos duelen de tan acelerados.

***
Mis ojos acostumbrándose a la penumbra en que se dibuja, entre tanta sombra, el contorno de tu cara.  Te frenás. Me mirás. Y te detenés un segundo. Y yo que quiero escaparme de tu mirada porque siento que te me clavás en los ojos.­­­
Siento que me acaricias la cara y te siento respirarme cerca. Tan cerca que ya no sé si los labios son tuyos o míos. Ya no sé donde termina tu cuerpo y empieza el mío. Los límites parecen tan frágiles. Me murmurás algo. No te escucho. No quiero repreguntarte porque tengo miedo que la respuesta sea que todo eso es un instante y nada más.
Tus manos, las mías. Inquietas buscando. Sin centímetro alguno de la piel que permanezca indemne. Una vez, dos. Tres.
No me interesa lo que pasa afuera.
Frenamos. Apoyo la cabeza en la almohada. Todo me da vueltas. Trato de saber en la penumbra si estas mirándome o no. Por la ventana entra el reflejo de algunas luces.
Tenés media cara iluminada. Veo como me mirás. Trato de sacar la cara de nervios que debo tener. Evidentemente no lo logro porque te reis de mi mueca. Te pido perdón. Te volvés a reír.  Siento que las mejillas se me enrojecen un poco más. Susurras que está bien. Que me porte bien. Me rio. Vos te reís por tercera vez.
Me incorporo, trato de rescatar algo de mi ropa de los costados de la cama. Me tiembla el cuerpo un poco por cansancio y otro poco porque estoy con vos. Igual que cuando te tengo cerca. Y ahora te tengo tan cerca.
No encuentro la ropa. Me preguntas que busco. No te respondo porque siento que me acaricias a espalda. Te lo digo. Te cuento lo fácil que me inhabilitas. Se me anula el pensamiento.
Me recostás al lado tuyo. Te reis. Es mi mueca de nervios otra vez.
Me das un beso. Largo. Profundo. Siento el peso de tu cuerpo arriba mio. Te miro.

Ahora soy yo la que te mira bien de cerca. Te saco el pelo de la cara. Recorro el contorno de tu cara con la mano. Exploro los surcos de tu cara. Te doy un beso. Te recostás al lado mio.
Me dejas que me duerma a tu costado. Sé que en algún momento me abrazaste. Porque sentí como ponías tu brazo alrededor de mi cintura.

***

Hablas, tenés una mueca demasiado seria. Me devolvés a la realidad. Me recordás lo lejos que estás. Me acuerdo porque te miro de lejos. Solo de lejos.
Mientras que lo único en lo que puedo pesar es en lo mucho que me gustas y lo mucho que quiero enredarme en vos.