No se cuanto tiempo queda. Es una pregunta que trato de no hacer, es un intento de pensar que las cosas son eternas, infinitas.
Trato de no rememorar tiempos pasados con caras que ya no están.
Finjo, a veces violenta y obligadamente, que mi trabajo es un universo infinito de cosas lindas, de juegos, sonrisas y garabatos. Peluches, stickers y marcadores. Curitas de colores. Poco dolor y mucho juego.
Trato de negar a diestra y siniestra que la muerte existe. No porque no crea en ella o porque niegue la finiquitud de la vida.
Simplemente porque no quiero pensar que algunas cosas terminan. Ya dije alguna vez que soy mala para las despedidas.
Estoy vieja y menos flexible. Más terca, alguien diría que más sabia. Yo no lo creo.
Probablemente más fragmentada, quebrada, rota. Rearmada una y mil veces.
“Ilusa” susurró al aire, cada vez que pienso en mí yo del pasado, aferrada a la ilusión de que uno deja de perder algo cada vez que se despide.
Y como con cada uno, sé que con vos se va a ir algo mío. Y un pedazo tuyo me va a quedar a mi.
Una especie murmullo en los pasillos de tus retos y quejas de señor grande en un cuerpo chiquito. Echándome de la habitación. Pidiendo upa. Caminando por todo el pasillo. La sala de juegos. Tus papás, guardianes incansables. Vos chiquito, pero inmenso.











