lunes, 27 de junio de 2016

A.

No sabía que me podía pasar.

Alguna vez me asaltó el fantasma, pero creí que era eso, un fantasma. Un miedo normal asociado a múltiples inseguridades.

No puedo contarte que me pasa. No puedo ponerlo en palabras porque tengo la fantasía de que si no lo hablo no se va a convertir en realidad. Si no lo digo va a desaparecer solo. Me voy a curar.

Pero por más que quiera no lo puedo evitar. Me gana la ansiedad, me late rápido el corazón y me tiemblan las rodillas. Al fin y al cabo, se parece a las mil veces anteriores que me paso.

No puedo no mirarte, de lejos.  Sería tan obvia sino, todo el mundo se daría cuenta. Cuando te miro no puedo evitar seguir con los ojos el contorno que de perfil me muestra tu cara. Es como si mis ojos tuvieran un lápiz y voy dibujando el contorno de tu nariz, de tu boca. Tu mentón.

Las líneas de los costados de tus ojos. Los años (que no son muchos más que los míos pero tal vez si fueron más intensos) te dibujaron surcos en la piel. Son finos y te enmarcan los ojos, la boca y la nariz en perfecta simetría. Tenés eso, sos un conjunto de líneas que culminan en la simetría perfecta.

 Te reíste, a carcajadas. Abriste grande la boca. Te reíste desde adentro. Yo me río más por tu risa que por lo alguien había dicho. Hace rato dejé de prestar atención a la conversación.

Mientras tanto el pelo te cae en la cara, impune. A medio controlar.

Siempre me pasa lo mismo y me freno en tu hombro. Te miro hablar. Me fijo en el movimiento de tu mentón.

Me obligo a distraerme cuando por casualidad mirás. Sé que no me miras a mí. Lo tengo claro. Pero aún así me da mucha vergüenza que me descubras mirándote.
Que pensarías si te enteraras que te estoy mirando. Que contengo la respiración cuando por casualidad empezás a hablar y quizás vayas a reclamarme algo. Me gustaría que me reclames que no te miro, que no te hablo. Que no me siento al lado tuyo.

Cuando hablás, algo se me mueve adentro. Lo mismo que se me remueve cuando te veo y dirigís la palabra hacia mí. Cuando encabezas la frase con mi nombre.
Me agarra una presión en el pecho que me asusta no poder controlar.

Me gustás. Me gustás mucho. Me generás unas ganas intensas de encerrarme con vos y no salir nunca más.

Quedarme enredada en vos. Estirar cada minuto para que dure una eternidad. O simplemente perder la noción del tiempo mientras se me corta la respiración. Sentir que la piel no tiene paz. Ni la tuya ni la mía. Que tu corazón me late en el pecho de tan cerca que estamos. Que mis latidos duelen de tan acelerados.

***
Mis ojos acostumbrándose a la penumbra en que se dibuja, entre tanta sombra, el contorno de tu cara.  Te frenás. Me mirás. Y te detenés un segundo. Y yo que quiero escaparme de tu mirada porque siento que te me clavás en los ojos.­­­
Siento que me acaricias la cara y te siento respirarme cerca. Tan cerca que ya no sé si los labios son tuyos o míos. Ya no sé donde termina tu cuerpo y empieza el mío. Los límites parecen tan frágiles. Me murmurás algo. No te escucho. No quiero repreguntarte porque tengo miedo que la respuesta sea que todo eso es un instante y nada más.
Tus manos, las mías. Inquietas buscando. Sin centímetro alguno de la piel que permanezca indemne. Una vez, dos. Tres.
No me interesa lo que pasa afuera.
Frenamos. Apoyo la cabeza en la almohada. Todo me da vueltas. Trato de saber en la penumbra si estas mirándome o no. Por la ventana entra el reflejo de algunas luces.
Tenés media cara iluminada. Veo como me mirás. Trato de sacar la cara de nervios que debo tener. Evidentemente no lo logro porque te reis de mi mueca. Te pido perdón. Te volvés a reír.  Siento que las mejillas se me enrojecen un poco más. Susurras que está bien. Que me porte bien. Me rio. Vos te reís por tercera vez.
Me incorporo, trato de rescatar algo de mi ropa de los costados de la cama. Me tiembla el cuerpo un poco por cansancio y otro poco porque estoy con vos. Igual que cuando te tengo cerca. Y ahora te tengo tan cerca.
No encuentro la ropa. Me preguntas que busco. No te respondo porque siento que me acaricias a espalda. Te lo digo. Te cuento lo fácil que me inhabilitas. Se me anula el pensamiento.
Me recostás al lado tuyo. Te reis. Es mi mueca de nervios otra vez.
Me das un beso. Largo. Profundo. Siento el peso de tu cuerpo arriba mio. Te miro.

Ahora soy yo la que te mira bien de cerca. Te saco el pelo de la cara. Recorro el contorno de tu cara con la mano. Exploro los surcos de tu cara. Te doy un beso. Te recostás al lado mio.
Me dejas que me duerma a tu costado. Sé que en algún momento me abrazaste. Porque sentí como ponías tu brazo alrededor de mi cintura.

***

Hablas, tenés una mueca demasiado seria. Me devolvés a la realidad. Me recordás lo lejos que estás. Me acuerdo porque te miro de lejos. Solo de lejos.
Mientras que lo único en lo que puedo pesar es en lo mucho que me gustas y lo mucho que quiero enredarme en vos.