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martes, 21 de noviembre de 2017

Ogros, batallas y despedidas.

Cuando me dijeron que Ele había fallecido, sentí que un frío me recorría la espalda. Iba a pasar y lo sabía. Todos los que lo sabíamos esperábamos irremediablemente el día.
Eso no aplaca el dolor. La puntada es igual de intensa.
No quiero pensar en cuando la conocí a Ele. Esa primera noche en el 4B la tengo muy fresca, como si hubiera sido ayer. Sacudo la cabeza tratando de ahuyentar el recuerdo.
No puedo no pensar en Ce, con sus ojos grandes que me muestra sus regalos de cumpleaños.
No puedo no pensar en Rulitos cuando se fue. O en cada uno que nos dejó.

Cuando me llega la noticia me aíslo del mundo, mucha gente hablando a mi alrededor y yo solo quiero una cosa. 
Hoy quiero cerrar todo. Irme a casa. Taparme hasta la cabeza. Salir a la luz del día en un mes o dos. No quiero estar en el hospital. Quiero irme lejos. Volver en el tiempo y decidir otra cosa. Elegir otro mundo. 
Tengo un vacío en el pecho y una puntada en el costado.

Me acerco al rincón buscando algo, quizás un abrazo o una respuesta. 
Las caras en el 4B son largas, estamos pálidos, con los ojos rojos. Las miradas tristes. Los lagrimones nos dejan marcas en la ropa.
Hasta el ogro de algún cuento de princesas, que por alguna razón poco clara deambula por la sala, tenía los ojos enrojecidos.
Sentados alrededor de la mesa nos amuchamos para que el abrazo sea más largo.
El aire se corta, espeso, húmedo. Más de lo habitual
Desde la punta de la mesa una que otra directiva. Pocas palabras. Indicaciones escuetas, queriendo que todo esto termine lo más rápido posible.
Como si se tratara del peor cuento de hadas de la historia, las malas noticias se suceden con una impunidad atroz.
Se murió Ele en el 4B. En el segundo Ben no pudo salir y dijo basta.
LB no deja que nos acerquemos. Está inestable. La sostienen mil goteos. La arrullan mil alarmas. Ci la pelea cerca de ella.
El domingo cumple años LB. Hace meses venía planeando el vestido. Me mostró fotos de las mil opciones que eran posibles.
Ahora, desde el segundo, nos tiene en vilo. Con alarmas por doquier. Inestable. Cada vez que dicen esa palabra siento que se desarma en el aire. Las letras se caen. Abrazo a la mamá en el pasillo.

Pasan las horas, el ogro vuelve al castillo. Desea con toda el alma que el día llegue a su final, porque aunque no lo creamos hasta los ogros necesitan irse a casa a mirar televisión y simular que nada de todo esto está pasando. Aunque sea por un rato.
Dino que aún afebril se deja poner pañitos.

Me rompe un poco el corazón el ogro. Desgarbado, triste. Viendo como lo abandonan algunos de sus mejores compañeros de juegos y aventuras. 
Porque al fin al cabo de eso se trata, de cuidar a guerreras y guerreros en el difícil viaje del día a día. Donde quizás no hay dragones, ni monstruos de mil cabezas que vencer con escudo y espada. 
Tal vez no haya damiselas en peligro ni furiosos corceles. 
Pero hay fiebres, pinchazos, neutropenias, bacilos, cocos, dolores de panza y de cabeza. Catéteres que se infectan, que se rompen. 
No hay lagartos gigantes que lanzan fuego por la boca. 
Hay nenes que miden menos de un metro de altura, que tienen peleas todos los días que harían sonrojar al más bravío de los caballeros de la mesa redonda.

Al final del día no nos queda más que despedirnos. Ese día todo cuesta un poco más-
Ahora Ele ya no está. Chiquita testaruda. Anda, viaja tranquila. Donde sea que vayas, nosotros acá nos vamos a acordar de vos siempre. 
De alguna forma nos hiciste mejores personas. 

Como cada una de esas caritas en el rincón del 4B.


domingo, 27 de diciembre de 2009

Gracias

La mejor parte del amor
Por Sandra Russo

Seguramente los apropiadores de niños sienten amor por ellos, o al menos eso deben creer. Quién sabe qué siente alguien que oculta una verdad atroz; que obliga al ser presuntamente amado a una reciprocidad que él mismo viola. Nadie está, sin embargo, preparado para fingir toda su vida. Ese amor que los apropiadores sienten por esos bebés que hoy son hombres y mujeres de treinta y pico debe haber tenido fallas, grietas, lapsus, desbordes inevitables de la verdad. Un hijo apropiado debe saber, en alguna parte sí, alguna forma de la verdad. Seguramente huele el tufo de ese amor, su hedor, el rastro de un crimen. Hay cuatrocientas personas todavía viviendo esas tensiones soterradas.

Hay mecanismos psíquicos y sociales que permanentemente bloquean el amor y lo reemplazan por sus simulacros. Estamos todos tan confundidos con el amor, que aceptamos sus sustitutos, sus malas copias. Los apropiadores de niños les han dicho a lo sumo a esas personas que son hijos adoptivos, bebés que ellos sí aman, en reemplazo de madres que los abandonaron. Desde el punto de vista de ese tipo de víctima, el hijo abandonado, ser hijo de un desaparecido es una enorme descarga de angustia. Es constatar que no hubo abandono. No son hijos biológicos de una madre que eligió seguir su vida sin ellos, sino que fueron bebés arrebatados de las manos de sus madres. Sus madres no siguieron sus vidas, no formaron otras familias, no tuvieron otros hijos. Fueron asesinadas.

Lo innombrable del abandono es el desamor. Cualquiera que haya sido abandonado en una circunstancia amorosa sabe que lo anímicamente intragable del abandono es el desamor. Una de las razones que siempre esgrimieron las Abuelas como motores de su búsqueda es hacerles saber a sus nietos que fueron bebés muy deseados y amados por sus padres y sus familias. Quieren hacerles saber algo que puede curarles un trauma y sanarles la vida.

Cuando esos bebés llegaron a la adolescencia, cuando pudieron hacer lo que un niño pequeño no puede, muchos hijos adoptivos fueron por sí mismos a la sede de Abuelas. Querían saber si eran hijos de desaparecidos. Buscaban su identidad, pero también buscaban, probablemente, ese consuelo terrible: no haber sido bebés abandonados, sino víctimas de crímenes políticos. Esto no tiene nada de ideológico, en principio. Se trata más bien de distintas dimensiones del amor y el desamor. Nuestras vidas penden de esas nociones. Nuestros dolores y pasiones nacen allí, a la sombra de cómo fuimos o no fuimos amados.

La idea que tenemos del amor, eso que reconocemos en los otros y en nosotros mismos como amor, no puede germinar en la mentira, sólo en la libertad. Nadie puede obligarnos a amar. No podemos tampoco obligarnos a nosotros mismos a hacerlo. Es un sentimiento que está fuera de nuestro control, que aparece y también desaparece, pero que suponemos sólo posible entre criaturas libres. Cuando la mentira atraviesa la circunstancia amorosa, no hay amor. Hay manipulación.

La manipulación en el amor, sin embargo, no es cosa extraña. El mercado Vero Peso, en la desembocadura del Amazonas, es enorme y extraordinario. Hay interminables filas de puestos que venden los mangos más grandes del mundo, pescados de diseños exóticos, instrumentos musicales de madera maciza. Allí hay un sector de hechiceras que vende frasquitos de esencias y aceites para curar la salud y para recuperar o afirmar el amor. Esas mujeres de etnias amazónicas la agarran a una de la pollera cuando pasa, le ofrecen felicidad. Un embrujo no es otra cosa que manipulación. O simulación.

Traje de allí un pequeño volante que no es indígena, es afro. “Mae Triana Cartomante Exotérica” se llama la mujer vidente. Promete traer a la persona amada rápido, “amarrada a tus pies”. El amarre es un tópico de la hechicería. Hay brujas urbanas en todo el mundo especializadas en amarres. Los amarres pretenden reemplazar al amor por fascinación. Ese es un truco posmoderno. Una prestidigitación tecnológica que hace llamar amistad a lo que pasa en Facebook. Es un atajo virtual para el atajo que siempre en todas las culturas se buscó: tomar por amor un sentimiento sintético que no se regocija en el bienestar del ser amado, sino en la propia necesidad de conexión.

A fin de año la palabra “amor” se multiplica. Son palabras. Las palabras tienen la particularidad de ser nada menos y nada más que palabras. Pueden ser decisivas o intrascendentes, pueden estar llenas o vacías.

Venimos terminando un año en el que las palabras fueron aligeradas, violentadas, subvertidas por el establishment. Se llegó a tal extremo que tuvimos que escuchar, como una reivindicación política de la mentira, que los hijos de Ernestina Herrera de Noble son nuestros hijos. Llama muy poco la atención que la lucha de las Abuelas sea cuestionada desde sectores golpistas que participan del juego democrático justo cuando esa lucha roza a una mujer muy poderosa. Cuando roza al poder. Eso pasa no inadvertido, sino no dicho.

Este año se puso en jaque a los derechos humanos. La primera en hacerlo fue Susana Giménez, entretenedora exquisita para la videopolítica. “Esa estupidez de los derechos humanos”, dijo aunque quedó sonando la otra parte de la frase, “el que mata tiene que morir”. Después se cuestionó a las Madres y a las Abuelas por la ley de ADN y se alzó nuevamente la frase hecha de que “los derechos humanos son sólo para los delincuentes”, y no para las víctimas de “la inseguridad”. Las coberturas políticas y policiales se entremezclaron. Abel Posse tuvo que renunciar, pero pasamos por el trance de tener unos días un ministro de Educación porteño que volvió a reivindicar el terrorismo de Estado. El huevo de la serpiente se instala en muchos nidos.

Nuestra veta fascista tiene sus dirigentes, pero tiene también muchos voceros en las calles, hombres o mujeres comunes y corrientes que de pronto se entreveran en conversaciones en las que piden matar a unos cuantos. La muerte es una de nuestras tradiciones. Una pulsión argentina que se regodea en soluciones finales. Matarlos a todos es una ilusión degenerada.

Hubo una época bastante reciente en la que los mataron. A todos los que pudieron. Hubo uno o dos años, durante y después del Juicio a las Juntas, en los que el horror sacudía las almas. Habían hecho cosas como tirar a la gente viva de los aviones o como asesinarla y robarse a sus hijos. Eso no es de izquierda ni de derecha. A veces uno se pregunta, en este país jodido, si acaso es de izquierda o peronista haberse quedado atravesado por la decisión de “nunca más”. Este año, uno ha tenido la sensación de que si apareciera un liderazgo bestial, tendría sus bases en esa gente que tiene mucho y no quiere perderlo, o en los que tienen muy poco, quizá un freezer y un auto, o una casa propia y un plazo fijo en el banco, y sin embargo arengan la muerte de los que tienen menos que ellos.

Si se me permite, quisiera dedicar esta columna de fin de año a las Madres y a las Abuelas, por muchas razones. Pero entre ellas, la más firme y convencida es el agradecimiento por haber tramitado su dolor con lucha, y no con venganza. Por haber pedido siempre justicia, y haberse avenido a la mala, la poca, la lenta justicia que obtuvieron. Por haber estado dispuestas siempre a ofrecer a sus victimarios las garantías que sus hijos y sus nietos no tuvieron. Porque a pesar de sus diferencias y de sus líneas internas, siempre todas se pararon allí, en ese escalón que separa la civilización de la barbarie. Y porque en este país que aún conserva su horrible pulsión hacia la muerte, ellas la saltaron, se sobrepusieron, la reciclaron, la gestionaron hacia la vida. Porque son parte de lo mejor que somos, y somos peores si lo olvidamos.

http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-137613-2009-12-26.html


jueves, 29 de octubre de 2009

Polo de resistencia



Carlos Barragan en Tarde Negra(octubre 2009)


Gracias Mauricio por hacerme saber de que lado estoy.

Hace tiempo empezó la resistencia, sigue HOY y seguirá SIEMPRE.