Siempre me olvido, las despedidas son largas...pero con vos es peor.
No hay nada entre nosotras que sea fácil. O no hubo, quizás es hora de cambiar el tiempo verbal, referirme a vos en pasado. A nosotras en tiempo pasado o a ese intento de ... A veces me pregunto si él “nosotras” no está de más. ¿Realmente fue algo? Acaso...¿fuimos? Es increíble como podés generar dudas, incluso no estando.
En el proceso de aceptar que las cosas terminan, llevo varios altibajos aunque reconozco que he notado algunos avances.
La eventualidad del encuentro ya no se traduce en momentos de temblor en la voz o rosa en las mejillas, de sonrisas incómodas, de cambios en tus facciones.
Ahora se parece más a visitar un lugar en pleno invierno en cercanías del círculo polar, donde el frío me cala los huesos. El piso está resbaloso, el viento me lastima la cara. Si te tocara las manos seguramente estarían heladas.
Que me mires es como caerse sobre el hielo. Duele la caída y duele eternamente los días subsiguientes. A toda hora parece que nunca va a dejar de doler.
El horizonte es espeluznante. Me arde el cuerpo.
Verte es cortarse un dedo con el filo de la hoja que estás leyendo.
Golpearse el dedo chiquito del pie con la pata de la cama.
Siento que de a poco desapareces, te vas consumiendo como un fuego que se apaga y las cenizas humean. No te reís, no levantas las cejas. Tu intervenciones son parcas. Te envuelve un aire gris.
Sé que me odias, probablemente con todo tu ser.
De repente extrañarte es un tropiezo, un raspon en la rodilla que cura un poco más rápido. Deja una marca si, pero ya no me deja rota en mil pedazos.












