No se cuanto tiempo queda. Es una pregunta que trato de no hacer, es un intento de pensar que las cosas son eternas, infinitas.
Que las risas en los pasillos van a estar siempre o que no vamos a tener días tristes. Que no hay despedidas. Que siempre hay un abrazo en el pasillo. Una manito que saluda.
Trato de no rememorar tiempos pasados con caras que ya no están.
Finjo, a veces violenta y obligadamente, que mi trabajo es un universo infinito de cosas lindas, de juegos, sonrisas y garabatos. Peluches, stickers y marcadores. Curitas de colores. Poco dolor y mucho juego.
Trato de negar a diestra y siniestra que la muerte existe. No porque no crea en ella o porque niegue la finiquitud de la vida.
Simplemente porque no quiero pensar que algunas cosas terminan. Ya dije alguna vez que soy mala para las despedidas.
Estoy vieja y menos flexible. Más terca, alguien diría que más sabia. Yo no lo creo.
Probablemente más fragmentada, quebrada, rota. Rearmada una y mil veces.
Cuando era más joven pensaba que quizás después de cada despedida la piel se vuelve más gruesa y todo duele menos.
“Ilusa” susurró al aire, cada vez que pienso en mí yo del pasado, aferrada a la ilusión de que uno deja de perder algo cada vez que se despide.
Y como con cada uno, sé que con vos se va a ir algo mío. Y un pedazo tuyo me va a quedar a mi.
“Ilusa” susurró al aire, cada vez que pienso en mí yo del pasado, aferrada a la ilusión de que uno deja de perder algo cada vez que se despide.
Y como con cada uno, sé que con vos se va a ir algo mío. Y un pedazo tuyo me va a quedar a mi.
Nadie queda igual después de estos días, algunos límites se mueven, las prioridades se ponen de cabeza. Los miedos de algunos reagudizan, los recuerdos de otros reaparecen.
Pensé mucho hoy, en vos, en I, en Eme, en Be. En la gente q dejé allá en el 4B con un anhelo desmedido de vuelta. En los que conocí después. En el reconciliarse con la humanidad toda.
Una especie murmullo en los pasillos de tus retos y quejas de señor grande en un cuerpo chiquito. Echándome de la habitación. Pidiendo upa. Caminando por todo el pasillo. La sala de juegos. Tus papás, guardianes incansables. Vos chiquito, pero inmenso.
Los pinchazos, las vías, los pedidos, los tubos, los aislamientos, la muestra número quichicientos, la duda y la incertidumbre de “que pasaba”, lo
Irremediable de la respuesta, y la inexistencia consistente de una respuesta a pregunta que nadie quiere escuchar “¿por qué?”. La certeza de que a veces solo queda acompañar.
Ay enano, como te voy a extrañar. A vos, a tus videos y a tu valentía, esa de los que todo lo pueden del primer al último día.