Lo que pasa Valentín es que vos no entendés nada.
No entendés mi manera de mirar, mi manera de hablarte, de esperarte.
No entendés mi cadencia al irme, ni al tararear.
No entendés lo mucho que te extraño Valentín.
La falta que me hacés.
Lo mucho que extraño verme reflejada en tus ojos.
Me cansé de tu miedo, de tu hipocresía.
De vender mi alma al mejor postor para verte sonreír.
Me cansé de que no puedas darme nada a cambio.
De que ni siquiera te esmeres por darme algo.
No va más la boluda que te hace la segunda en días oscuros.
Ya no tengo guardado para vos ese abrazo necesario ni la palabra justa.
Ya no puedo.
No puedo seguir deseándote así, esperando predecir tu próximo movimiento.
Ya no puedo seguir en la interminable espera de que te desvivas por un beso mío, por una caricia, por un estar cerca. Intensamente cerca. Interminablemente cerca.
No hay ya deseos que involucren a mi piel. Ya no me arde la piel cuando te pienso. Ni cuando te espero.
No puedo seguir esperando que te desvivas por mí, por más maravillosamente perfecto que seas. Por más hermoso, dulce y enternecedor seas.
Te ganó el miedo, incluso para decir que no querías nada. Y ser coherente con eso.
Te ganó el orgullo porque ni siquiera pudiste hacerme a un lado. Permaneciste ahí, usándome. Me quedé estancada ahí, dejándome usar, Valentín.
Sigo acá escribiéndote. Buscando sacarte de la piel. De la mente. De la fantasía de los besos y las cosas que nunca fueron.
Busco arrancarte del pecho y de la cabeza.
Me cuesta Valentín. Me cuesta horrores.
Me cuesta que no seas nada de todo eso.
Me cuesta haberme equivocado de nuevo.
Otra vez.
Me cuesta ver el futuro nítido y brillante.
Pero no puedo más que dejarte atrás y seguir.
Seguir buscando donde, alguien, pueda, al menos, corresponder a la palabra justa en el momento justo.
Chau Valentín. Chau hermosura. Me voy a buscar aire fresco. Aire nuevo.
lunes, 28 de noviembre de 2011
sábado, 19 de noviembre de 2011
Cancionero
Esta es la canción de Valentín.
Y eso es TAN bizarro.
EL PUPILO
───────
Ha corrido un siglo aparte
desde la vez que te observé
intimamente, poco decente
Como para conformarme con un beso
sólo de esos que a vos más te cuesta dar
que guardás para tus socios
socios de tu corazón
Me declaro culpable
de todo ahora en más
de donde no estaba
de donde me fui
de lo que nunca seré
He pagado un gran peaje
para poderte convencer
integrament, tan imprudente
Como para acercarme a tu secreto
justo eso que vos no querés mostrar
que enseñas a tus devotos
hoy tu acólitosoy yo
Vení anotate a la escuela de mis besos
es sólo eso lo que tenés que probar.
-Babasónicos-
jueves, 17 de noviembre de 2011
Sacudones
Venía a los tropezones Valentín. Las veredas de Buenos Aires no son aptas para los que no miran donde pisan. Además Valentín es de esos que no levantan los pies.
Tiene el alma condensada, concentrada en un punto. Los ojos húmedos le borronean la vista, las piernas le fallan...y están los pozos.
Cada pozo hace que Valentín se sacuda, esa sensación de comerse un escalón se multiplica por mil.
Cada paso es un sacudón.
Uno, dos, tres sacudones.
Un paso firme.
Uno, dos, tres sacudones.
Un paso firme.
Y así...
La repetición se vuelve un vicio peligroso. Sacudones. Tanto se sacude Valentín que empieza a correr el riesgo de empezar a tolerar los choques contra la misma pared antes de encontrar desafíos nuevos.
El viento te sopla en la cara. Vos también te sacudís. Te sacudís en tu entereza etérea, en tus ojos limpios. Ilusos. Inocentes. Tu sonrisa se dibuja escondida, vergonzosa. Pero se asoma. El viento sopla la cara y vos le sonreís a cara abierta, sonrisa enorme y ojos felices.
Y mientras Valentín se tropieza, se cae, se levanta y aprende a caminar...
Y acá estás vos. Detenida en la circunstancia de que a Valentín no le importa realmente que vos estés siquiera en el mismo recuadro cartográfico.
Y ahí seguís vos, dándole la mano para que se levante una y otra vez mientras vos no te animas siquiera a dar tu primer paso.
Oficialmente se confirma que tenés que revisar tus prioridades.
Perhaps, perhaps, perhaps...
26/6/2011
Ponele que vos te lo esperabas y que la única desorientada era yo. Supongamos.
Ahora, explicame esto, ¿Era necesario que, después de partirme la boca y ser el pibe más dulce y tierno del mundo, te borraras así?
Siendo los amigos que pensé que eramos...¿Era realmente necesario que esa fuera tu performance? ¿Te chupó mucho un huevo todo no te parece?
Hasta un pibe desconocido hubiera tenido más tacto o, al menos del más desconocido no hubiera esperado nada. Pero ¿vos? Ese flaco resuelto, divino, ideal, grande, de brazos que cuando te abrazan te hacen sentir tan bien ¿justo vos?
Quizás no tenías otra manera. Quizás fui eso para vos. Quizás sos un flor de pelotudo además de ser resuelto, divino e ideal. Quizás.
Quizás los pibes con los que estuve (aunque hayan sido pocos y aunque no haya sido por mucho tiempo) eran los raros.
Ponele que vos te lo esperabas y que la única desorientada era yo. Supongamos.
Ahora, explicame esto, ¿Era necesario que, después de partirme la boca y ser el pibe más dulce y tierno del mundo, te borraras así?
Siendo los amigos que pensé que eramos...¿Era realmente necesario que esa fuera tu performance? ¿Te chupó mucho un huevo todo no te parece?
Hasta un pibe desconocido hubiera tenido más tacto o, al menos del más desconocido no hubiera esperado nada. Pero ¿vos? Ese flaco resuelto, divino, ideal, grande, de brazos que cuando te abrazan te hacen sentir tan bien ¿justo vos?
Quizás no tenías otra manera. Quizás fui eso para vos. Quizás sos un flor de pelotudo además de ser resuelto, divino e ideal. Quizás.
Quizás los pibes con los que estuve (aunque hayan sido pocos y aunque no haya sido por mucho tiempo) eran los raros.
martes, 15 de noviembre de 2011
Pancracio
Inventemos una historia. Una nueva, sin episodios repetidos.
Primero elijamos un protagonista: Él.
A él le elegimos un nombre: Pancracio. Si, ese nos parece un buen nombre, uno que engloba todas sus cualidades.
Una vez que tenemos a Pancracio, prescindimos del apellido para no tener problemas legales, pensamos en algo que le pueda pasar.
Desestimamos que Pancracio se enamore, que gane la copa del mundo o que se case y tenga una familia feliz. No nos importa que se mude o que la chica que le gusta lo mire enamorada. No, decidimos que es algo más simple aún, por ejemplo que Pancracio se encuentra una moneda en la calle.
Definido lo anterior debemos redactar, las situaciones más divertidas que puedan ocurrirle.
Nuestra historia quedaría así:
Buenas tardes, mi nombre es Pancracio. Soy, como verán, un hombrecito pequeño, medio redondeado medio elíptico, tengo piernas cortas pero flexibles y brazos largos y fuertes (casi tan fuertes como el hilo de la tela de araña e igual de finos)
Ustedes dirán que soy horrible. Pero no, están equivocados. Tengo tres pelos en la cabeza de huevo: uno azul, otro rojo y un tercero que vira del naranja al verde según como le pega la luz. Además tengo dos-ojos-grandes que son del color que ustedes quieran.
A pesar de lo mucho que podría hacerlo no estamos acá para hablar de mis cualidades capilares. Estamos aquí reunidos para que les cuente una anécdota. Si, solo para eso.
Jueves ocho de la mañana me dirijo a comprar el diario, pongo un pie en la calle y la veo, ahí. En la vereda, plateada y sola, manchada de azul. Un número reluce en su superficie, la veo, la ignoro.
Al día de hoy me preguntó porque la ignoré. Si estaba ahí, estaba ahí para que la tomara y me fuera con ella.
No lo hice, no sentí remordimiento esa vez, ni lo siento hoy, quizás no era el momento.
Los días en la vida pasan, cada día pasa como pasa el anterior. No por eso son iguales pero lo cierto es que el tiempo pasa, no se detiene ni siquiera a atarse los cordones de los mocasines, él sale corriendo y no se detiene, corre desde tiempos inmemoriales y lo seguirá haciendo hasta el fin de si mismo.
Mi días pasaron, compre el diario 30 veces, hice el crucigrama de los domingos 5 veces, desayuné 30 veces, fui a trabajar 21 veces, tuve situaciones extraordinarias cada uno de esos días y aun así cada uno de esos días no paso a la historia.
Y un día, un día cualquiera, un día de esos que no prometen nada, puse mis pies en un colectivo línea X y la ví, reluciente en el piso, cerca de la puerta. Reconocí su mancha azul, compartimos el viaje y le dije que viniera conmigo.
Me encariñé, hay gente que se encariña con cosas, fotos, libros muñecos, gente (que no son cosas) yo me encariñé con esa moneda.
Y así pasaron más días, otros tantos crucigramas y sopas de letras domingueros, kilómetros y kilómetros de caminata, hasta que un día pasó lo que tanto me temía.
Salí muy tranquilo con rumbo enciento. Como cualquier otro. Un día común y corriente. Llegué a mi trabajo, pase el día haciendo mi trabajo, me fui a casa. Una sensación de vacío me venía acompañando. Puse la mano en el bolsillo por quincuagésima vez y por quincuagésima vez sentí su ausencia. Volví a sentir el fondo del bolsillo.
De nuevo el género me rozaba el dorso de la mano y mis dedos desesperados la buscaban, mis dedos inquietos, mi ansiedad al máximo. De nuevo la desazón, el borde del agujero, el bolsillo rasgado. De nuevo el saberte en el piso de algún lugar extraño.
Primero elijamos un protagonista: Él.
A él le elegimos un nombre: Pancracio. Si, ese nos parece un buen nombre, uno que engloba todas sus cualidades.
Una vez que tenemos a Pancracio, prescindimos del apellido para no tener problemas legales, pensamos en algo que le pueda pasar.
Desestimamos que Pancracio se enamore, que gane la copa del mundo o que se case y tenga una familia feliz. No nos importa que se mude o que la chica que le gusta lo mire enamorada. No, decidimos que es algo más simple aún, por ejemplo que Pancracio se encuentra una moneda en la calle.
Definido lo anterior debemos redactar, las situaciones más divertidas que puedan ocurrirle.
Nuestra historia quedaría así:
Buenas tardes, mi nombre es Pancracio. Soy, como verán, un hombrecito pequeño, medio redondeado medio elíptico, tengo piernas cortas pero flexibles y brazos largos y fuertes (casi tan fuertes como el hilo de la tela de araña e igual de finos)
Ustedes dirán que soy horrible. Pero no, están equivocados. Tengo tres pelos en la cabeza de huevo: uno azul, otro rojo y un tercero que vira del naranja al verde según como le pega la luz. Además tengo dos-ojos-grandes que son del color que ustedes quieran.
A pesar de lo mucho que podría hacerlo no estamos acá para hablar de mis cualidades capilares. Estamos aquí reunidos para que les cuente una anécdota. Si, solo para eso.
Jueves ocho de la mañana me dirijo a comprar el diario, pongo un pie en la calle y la veo, ahí. En la vereda, plateada y sola, manchada de azul. Un número reluce en su superficie, la veo, la ignoro.
Al día de hoy me preguntó porque la ignoré. Si estaba ahí, estaba ahí para que la tomara y me fuera con ella.
No lo hice, no sentí remordimiento esa vez, ni lo siento hoy, quizás no era el momento.
Los días en la vida pasan, cada día pasa como pasa el anterior. No por eso son iguales pero lo cierto es que el tiempo pasa, no se detiene ni siquiera a atarse los cordones de los mocasines, él sale corriendo y no se detiene, corre desde tiempos inmemoriales y lo seguirá haciendo hasta el fin de si mismo.
Mi días pasaron, compre el diario 30 veces, hice el crucigrama de los domingos 5 veces, desayuné 30 veces, fui a trabajar 21 veces, tuve situaciones extraordinarias cada uno de esos días y aun así cada uno de esos días no paso a la historia.
Y un día, un día cualquiera, un día de esos que no prometen nada, puse mis pies en un colectivo línea X y la ví, reluciente en el piso, cerca de la puerta. Reconocí su mancha azul, compartimos el viaje y le dije que viniera conmigo.
Me encariñé, hay gente que se encariña con cosas, fotos, libros muñecos, gente (que no son cosas) yo me encariñé con esa moneda.
Y así pasaron más días, otros tantos crucigramas y sopas de letras domingueros, kilómetros y kilómetros de caminata, hasta que un día pasó lo que tanto me temía.
Salí muy tranquilo con rumbo enciento. Como cualquier otro. Un día común y corriente. Llegué a mi trabajo, pase el día haciendo mi trabajo, me fui a casa. Una sensación de vacío me venía acompañando. Puse la mano en el bolsillo por quincuagésima vez y por quincuagésima vez sentí su ausencia. Volví a sentir el fondo del bolsillo.
De nuevo el género me rozaba el dorso de la mano y mis dedos desesperados la buscaban, mis dedos inquietos, mi ansiedad al máximo. De nuevo la desazón, el borde del agujero, el bolsillo rasgado. De nuevo el saberte en el piso de algún lugar extraño.
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