flash. 1. Voz inglesa (pron. [flásh])
‘aparato que, mediante un destello, da la luz precisa
para hacer una fotografía instantánea’.
Hace un tiempo incursioné brevemente en el mundo de la fotografía. Y digo brevemente porque diversos factores sucedieron para dejar esa veta artística de lado. Supongo que a veces eso es ser adulto (podemos abordar mi visión de la adultez en otro momento, imaginarás que es bastante oscura y densa mi opinión al respecto)
Y si no hablo de pasión o de amor por la fotografía no tiene que ver con no sentirlo, sino con que descubrí que hay gente como yo cuya sublimación emocional se parece más, a la demostración algebraica del teorema de Fermat que a un dibujo luminoso en foco y bien expuesto.
No descarto igualmente ninguna de las dos como camino de expresión en el curso de mi vida.
Volviendo a la fotografía, una de los puntos que siempre me atrajo poderosamente la atención fue el flash. Cómo con un segundo de luz podemos capturar un trozo de realidad que no solo no se ve sino del cual podríamos hasta plantearnos si realmente existe mientras no haya luz que nos permita verlo.
Creo que está más que claro que se trata de una percepción, más vinculada a lo poético que a lo técnico.
El último tiempo, me asalta una idea cuasi parásita. Me carcome una inquietud. Una duda sobre el futuro y sobre que quiero hacer con la vida que me queda. ¿Dónde quiero ir a depositar mis energías?
Esa idea creció, cómo si nada fuera a detenerla. Cómo una tormenta enorme, intensa.
¿Es el lugar dónde estoy el que quiero?
¿Es el destino que impresiona estar escrito e inmodificable ahí adelante donde realmente quiero llegar?
Ese día me desperté temprano. Nerviosa, ansiosa. Y también aunque me cueste admitirlo algo emocionada. Cuando llegue todo parecía estar igual que antes pero era distinto.
Entré al codo sorprendida de que la cerradura era la misma que un año atrás. Y sigue funcionando igual de mal.
Lo que pasó después me pinta de cuerpo entero. Parada en el rinconcito con el habla entrecortada, temblor distal, aumento de la base de sustentación. Rechacé, cómo siempre que estoy nerviosa, toda invitación a comida o infusión.
Me abrieron la cabeza como si fuera una caja y metieron ahí adentro toneladas de información que en otra etapa de mi vida hubiera considerado inmanejable.
Aún en plena pandemia, hay rincones que todavía siguen iguales. Desordenes constantes que se vuelven regulares y esperados. Recorridos, tumultos, encuentros y desencuentros.
Las paredes de colores. Las mesas y las sillas miniatura. El metegol.
El pizarrón blanco. La letra chiquita prolija en azul que relata con horas y minutos un desfile de drogas oncológicas administradas.
Las jeringas siguen en el mismo lugar de siempre. En el último cajon. Al fondo.
Un tropezón no es caída y menos durante una corrida en el pasillo.
Mientras me voy a casa tengo un nudo en la boca del estómago. Un sinfín de sensaciones. La voz se me quiebra un poco. No sé si quiero hablar. Me duele la cabeza y un poco el pecho.
Las paredes se saturan de colores. Como recién pintadas.
Nunca tardé tanto en recorrer ese pasillo en penumbras.
Siento la tormenta en mis oídos, susurrando un universo de dudas e intrigas.
Los recuerdos iluminan los instantes que se vuelven reales y tangibles. Y las últimas 12 horas me caen encima de repente...y entonces los flashes.
El dia que conocí a C y el día que nos prometimos bonobones, sus regalos de cumpleaños y de su despedida abrupta.
Tambien Ele y romper en llanto en medio del pasillo. Recordé también de las lágrimas que derramamos en esos finales.
También Ese y Te.
Y me acuerdo de Efe, de Eme. De cuando podíamos abrazarnos. Y pienso que si las encontrara rompería toda precaución y las abrazaría, y a sus madres, como hacemos siempre.
Y vuelvo a sentir esa alegría que me estruja el corazón cada vez que la escucho o la leo a Meli del otro lado del teléfono.
Me acuerdo de ser una erre uno asustada, del primer pase. De los comentarios previos. De la ecografia incompleta. De los pases del horror. Me acuerdo de tener miedo. Me acuerdo de no saber y de querer aprender.
Me acuerdo de decirles a ustedes que no queria volver, porque dolía todo y mucho.
Y tengo más presente aún, y ahora más que nunca, que ese día te reiste un poco de mí, cómo con ternura, y en tono tranquilo me dijiste que iba a volver. Porque como siempre de alguna forma lo saben todo...
Un rato antes de irme Sofía pegó en mi máscara una estrella.
Hace mucho tiempo entre los aislamientos me miraba desde el suelo una estrella.
No creo en las señales, pero si en algunos instantes reveladores.
Entonces entendí que tenías razón. Aunque ya lo sabía de antes. Me habías dicho que iba a seguir volviendo. Y lo hice. Volví. Una y mil veces.
Y aparentemente seguiré volviendo.
Me senté en el auto.
Miré la foto que le saqué al sticker de Sofía. Miré el estacionamiento y arriba las ventanas iluminadas del codo y del rinconcito.
Los flashes, destellos iluminando sombras.
Sonreí mientras pensaba que hace un año quería volver. Y volví. Y espero que sea por un largo tiempo. Algunos nencesitamos, a veces un poco de tiempo en casa.