miércoles, 5 de octubre de 2016

A III

Estabas revolviendo estanterías. Buscando algo con él. Quien sabe que.
-Uuuuh no hay más - exclamó con algo de resignación. Con un tono que me hizo pensar que era capaz de pedirme que bajara hasta PB a conseguirle más.
Yo. Si, yo, que caía ahí por algo absolutamente ajeno a la búsqueda que ustedes habían emprendido en el universo de la estantería.

Ambos de espalda. Yo atiné a mirarlo y hacer una mueca irónica. Sin que me vieran, obvio.
No puedo evitarlo, mi relación con él es, fue y sospecho q será, como mínimo, conflictiva.
Cada vez que entablo una conversación es igual de incómodo.
A veces me detengo a observarlo, tratando de descifrar algo de su lenguaje corporal o al menos de entender porque me resultaba tan chocante compartir el mismo metro cuadrado.

No lo odio, nada más lejano. Lo admiro, lo considero capaz, casi un modelo. Pero, aunque quisiera poder decírselo, siempre me encuentro en la misma situación: él poniendo distancia, manteniéndose frió y yo, sintiendo que esa distancia se vuelve insalvable.
Como si hubiera algo más.

El otro día di rienda suelta al libertinaje de quien ya no entiende de reglas de convivencia y le dije que por favor no me hablara. No podía tolerar la idea de seguir escuchando su voz. 
Claramente dejó de hablar. 
A medio descolocar hizo una mueca. 
Simuló reírse y se retiró.
Le agradecí que no volviera. Seguramente no se va  olvidar de eso. 
Yo tampoco.

La cuestión es que me metí entre ustedes porque necesitaba algo de la estantería.
Ustedes abandonaron la epopeya de encontrar algo en tamaño mar de muestras medicas. Vos te quedaste mirando el celular. Me saludaste.
- ¿Cómo estas? ¿Más aliviada?

Te miré.
Me acerqué y te abracé fuerte. Me envolviste, firme. Fuerte.
Me dijiste algo al oído. Me reí. Te mordí la mejilla. Jugando.
Empezamos a perder un poco el control. Sentí que te aferrabas a mi . Sentí unas ganas incontrolables de que nos encerráramos en otro lado.

Un rato, no más. 
Que fuera como mínimo eterno.

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