Estabas revolviendo
estanterías. Buscando algo con él. Quien sabe que.
-Uuuuh no hay más -
exclamó con algo de resignación. Con un tono que me hizo pensar que era capaz
de pedirme que bajara hasta PB a conseguirle más.
Yo. Si, yo, que caía ahí
por algo absolutamente ajeno a la búsqueda que ustedes habían emprendido en el
universo de la estantería.
Ambos de espalda. Yo
atiné a mirarlo y hacer una mueca irónica. Sin que me vieran, obvio.
No puedo evitarlo, mi
relación con él es, fue y sospecho q será, como mínimo, conflictiva.
Cada vez que entablo una conversación
es igual de incómodo.
A veces me detengo a
observarlo, tratando de descifrar algo de su lenguaje corporal o al menos de
entender porque me resultaba tan chocante compartir el mismo metro cuadrado.
No lo odio, nada más
lejano. Lo admiro, lo considero capaz, casi un modelo. Pero, aunque quisiera
poder decírselo, siempre me encuentro en la misma situación: él poniendo
distancia, manteniéndose frió y yo, sintiendo que esa distancia se vuelve
insalvable.
Como si hubiera algo más.
El otro día di rienda
suelta al libertinaje de quien ya no entiende de reglas de convivencia y le dije que por favor no me hablara.
No podía tolerar la idea de seguir escuchando su voz.
Claramente dejó de
hablar.
A medio descolocar hizo una mueca.
Simuló reírse y se retiró.
Le agradecí que no
volviera. Seguramente no se va olvidar
de eso.
Yo tampoco.
La cuestión es que me
metí entre ustedes porque necesitaba algo de la estantería.
Ustedes abandonaron la
epopeya de encontrar algo en tamaño mar de muestras medicas. Vos te quedaste
mirando el celular. Me saludaste.
- ¿Cómo estas? ¿Más aliviada?
Te miré.
Me acerqué y te abracé
fuerte. Me envolviste, firme. Fuerte.
Me dijiste algo al oído.
Me reí. Te mordí la mejilla. Jugando.
Empezamos a perder un
poco el control. Sentí que te aferrabas a mi . Sentí unas ganas
incontrolables de que nos encerráramos en otro lado.
Un rato, no más.
Que fuera
como mínimo eterno.
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