jueves, 9 de marzo de 2017

A VI

Al final había pasado que, pese a todo lo que había prometido, terminé sentada en el sillón tomando vino y escuchando ese disco. El mismo que había prometido no escuchar porque inevitablemente me hacía pensar en vos.

Mientras escuchaba la canción se me apareció tu imagen. Hace mucho que andaba con unas ganas sutilmente insistentes de escribirte. De alguna forma te extrañaba. Me hacía falta que con tu sola presencia me sacaras de la zona de confort, esa que se destruye cuando te veo. Extrañaba la sensación que me invade cada vez.

Me venía haciendo falta escribirte.


Cuando me senté a escuchar el disco y ahora mismo que estoy en la computadora o mientras escribo en el colectivo, empiezo  sentir que necesito un poco despedirme. No para siempre. Claro está. Por un tiempo. No del todo tampoco. Solamente  un poco.
Empiezo a no poder soportar darle vueltas al asunto. Me suelo preguntar insistentemente cuales son las probabilidades, posibilidades, chances o como quieras llamarlo.
Mientras tanto la vida se me pasa viéndote caminar por el pasillo.

Vos ni te percatas obviamente. O eso creo. Prefiero creer.

No considero que sea mejor así. Ni tampoco que sea la opción obvia. Por supuesto que no creo que vayas a darte vuelta en pleno pasillo, mirarme fijo y hacerme un gesto para hablar a solas.

Se que no va a pasar, esas cosas no me pasan.

Pienso que si pasará algo intermedio sería muy feliz. Que simplemente me dieras a entender que notaste que no estoy hace tiempo o que no me ves bien o que me ves muy bien. Lo que sea.

No me hace feliz mendigarte esa reacción y si pudiera lo evitaría. Pero ahora no puedo. No puedo evitar mirarte. No puedo hacer las cosas sin pensar en tu reacción.

Hago todo queriendo que me digas algo.

Y así todo el tiempo.
Incluso este texto que empezó como una despedida y termina queriendo que lo leas y digas algo.

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